El cielo sangraba palabras que nunca me atreví a decirte
porque, simplemente, quizá nunca existieron
Recuerdo que acerqué mis labios a tu oído
y te susurré esa letra que no llegué a escribir,
que no llegué a pensar,
pero que siempre estuvo ahí
Qué bonito atardecer el que nunca vimos juntos...
Se oían a las gaviotas intentando dirigir el relincho de las olas
como si de una orquesta maravillosa y anárquica se tratase.
Las sirenas cantaban desafinadas
y el sonido del mar aún se podía escuchar en las caracolas...
La brisa suspiraba el 'no te vayas'
que pronunciabas, palabra por palabra, con los ojos.
Qué bonito atardecer el que nunca vimos juntos...
que creí olvidarme del aire para cargar mis pulmones con tu perfume,
y así poder resistir en este mundo contaminado de odio y egoísmo
durante otra semana de tu ausencia.
Señalabas a las nubes rosadas como un niño señala el arco iris,
como un revolucionario señala la libertad,
sabiendo lo relativa e insignificante que es la distancia
cuando nos mueve el eterno motor de los sueños.
Qué bonito atardecer el que nunca vimos juntos...
que cuando mencioné el abismo,
tus ojos se apresuraron hipnotizar los míos,
tus manos se apresuraron a volatilizar las mías,
y tus labios, simplemente,
callaron aquel grito que llevaba resonando dieciocho años en la celda de garganta,
para siempre.
La verdad,
qué bonito atardecer el que nunca vimos juntos...
Rondo

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